Columna de opinión de Mireya Machí en MySix.cl
Ante el hipotético escenario de decidir quedarme callada, ¿qué perdería el mundo? Nada. Absolutamente nada que no pudieran conocer con el tiempo por otra vía. ¿Para qué, entonces, me tomo la molestia de hablar, escribir, dar entrevistas o facilitar talleres? Les aseguro que vivo continuamente tentada de dejar de hacerlo. Pero como les digo a los autores de mi editorial, todos tenemos un público. Cada cual vibramos en una frecuencia y como un dial de radio, cuando sintonizamos, no necesitamos palabras tan precisas para entendernos. Hablamos el mismo idioma energético. Por eso me entusiasman ciertos divulgadores que quizá a ti no te mueven ni un átomo, y viceversa. Agradezco que hablen, porque si alguien en mi misma longitud de onda tiene un eureka, al compartirlo me ahorra un peregrinaje tortuoso que quizá nunca recorrería por mi cuenta. Y es por eso que también yo, aunque me cueste, sigo hablando. Si no vinimos a dejar una chispa que sirva de algo a otro, ¿para qué vinimos?
Dicho esto, ¿qué de bueno tiene guardar silencio? Todo lo demás. Pero nos aterra. Porque el silencio externo funciona como el despertador o la vitrina de lo que callamos por dentro.
La medicina sabe de sus bondades: el silencio le susurra al cerebro que no hay depredadores a la vista. Se activa el nervio vago, baja el ritmo cardíaco, los músculos se relajan y el cuerpo inicia su reparación. Entonces alguien me dirá “a mí lo que me estresa es el silencio”. Cierto, pero ¿por qué el silencio ha pasado de ser amigo de nuestra biología a ser un aparente enemigo de nuestra comodidad? En mi desautorizada opinión, pasa porque hemos convertido el ruido exterior en la anestesia de un ruido interior que no deseamos escuchar. Cuando cesa el estruendo afuera, la mente, adicta al estímulo, enciende su parlante interno. Y ese discurso a menudo nos decepciona, nos agobia o nos aburre. Pero en lugar de observar esas basurillas para depurarlas, preferimos ahogarlas con música, noticias, series o debates. Pero el trabajo de limpiar lo oscuro, lo inútil, lo vacuo, es el único que permite que, al volvernos hacia dentro, encontremos materia prima de calidad: la que sirve para crear, entender, medrar, reír o vivir con mayor plenitud.
Lo sé por experiencia. Como practicante de ayuno intermitente, de vez en cuando participo en retiros grupales de ocho días de silencio, ayuno y no-hacer. Y si bien pasar una semana sin comer parece un suplicio, el 90% de los asistentes coinciden en que lo que realmente nos cuesta es callar. El cuerpo cede; la mente, no. Pasa lo mismo con los temazcales: los 55 grados en humedad al 100% son soportables para la fisiología. Es la mente, con sus programas, sus miedos y sus creencias sobre lo “posible” y lo “imposible”, la que termina colapsando el organismo. Como insinúa la física cuántica, el observador condiciona la materia, no al revés. Por eso, el ayuno de silencio es, con diferencia, más exigente que el de comida.
¿Qué sucede cuando cruzas esa particular barrera del sonido y sostienes el silencio más allá de lo habitual? Al principio, pánico. El terror de escuchar las estupideces que nos habitan. Pero superada esa primera marea —en mi caso, al cuarto día—, el discurso interior se diluye. La mente deja de gritar y empieza a percibir. Por eso insisto: si se animan a un ayuno de silencio, háganlo en contacto con la naturaleza, pues ella actúa como un catalizador inexplicable de nuestra sabiduría interna. Porque sí, hay algo más en tu interior de lo que te enseñaron tus padres o la escuela. No nacemos vacíos. Miles de experiencias cercanas a la muerte, documentadas con rigor científico, sugieren que no llegamos como una tabla rasa. Traemos un cuerpo energético que arrastra información más allá del nacimiento y de la muerte. No es casualidad que el silencio meditativo sea la antesala de tantos destellos de iluminación.
Escuché una vez algo fascinante: cuando nuestro campo electromagnético se ordena a través del trabajo interior, se vuelve un reservorio de respuestas. Y al cruzarse con campos más caóticos, estos “beben” de ese orden, sin necesidad de cruzar una sola palabra. Lo viví con un hombre ampliamente reconocido como sabio. Asistí a su conferencia y, al final, le planteé una inquietud personal. Su respuesta verbal no me hizo sentido alguno. Pero horas después, en la ducha de mi hotel, sentí que la respuesta adecuada caía sobre mí como una cascada de luz. ¿Qué detonó el cambio? La influencia de un campo ordenado que reorganizó fragmentos del mío, permitiéndome acceder, por mí misma, a la verdad que buscaba. En mi libro Amar bien propongo un ejercicio basado en esta dinámica: sentarse frente a frente con alguien, conscientes de que nuestros campos dialogan, y llenarlos de intención pura durante veinte minutos. Sin hablar. Mi experiencia confirma que los efectos son notables.
El silencio también tiene su drama en la calle, en los bares, en el coqueteo. No es el momento de callar, claro. Pero ¿cuántas veces un interlocutor verborreico y autorreferente te obliga a hacerlo? En el tú a tú, deberíamos observar nuestro afán por seducir con palabras en lugar de hacerlo con gestos, detalles y acciones sostenidas. Otras veces, movidos por la ansiedad, usamos al otro como vertedero de nuestros desasosiegos existenciales. Si no le devolvemos un tiempo equivalente de escucha activa, generamos un desequilibrio que tarde o temprano se vuelve contra nosotros. Es pura ley del ritmo. Como dice el Kybalión con la metáfora del péndulo: todo desplazamiento excesivo hacia un extremo genera una fuerza compensatoria. Lo mismo dicta la homeostasis biológica, la tercera ley de Newton (acción – reacción), el yin-yang, la compensación junguiana o los ciclos económicos. En resumen: el exceso siempre engendra su contrario. Ese amigo que usaste como basurero emocional pronto dejará de serlo. Para cerrar, si te pasa como a Mafalda, que la respuesta genial siempre se te ocurre justo después de haber dicho la estúpida, considera esta frase que NO dijeron Cicerón, ni Mark Twain, ni Lincoln, ni Groucho Marx: “Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar definitivamente las dudas”. ¿Y tú? ¿Cómo te llevas con el silencio? Por favor, comparte tu opinión en comentarios. Me encantará leerla.
@mireyamachi


