Columna de opinión de Mireya Machí en mysix.cl
El 20 de abril de 2026, David Wilcock grabó un directo de más de tres horas en su canal de YouTube. Ante su medio millón de seguidores, con la elocuencia de siempre, dijo, entre otras cosas, que "cada día que tengo en la Tierra es un regalo y una bendición". Horas después llamó al 911 y, cuando llegaron los agentes, los estaba esperando fuera de su casa para dispararse delante de ellos.
Su familia confirmó que llevaba años lidiando en silencio con una depresión severa y una deuda financiera aplastante. Así que no cuestionaré la versión oficial del suicidio, aunque me costa que muchos dudan de ella. Sin embargo, la intención de mi columna es otra: dejarme inspirar por este caso para conversar sobre la autolisis en cualquier caso, un fenómeno que, como es natural, nos inquieta y apena. Wilcock era autor de varios best-sellers del New York Times. Llevaba décadas investigando la conciencia, las experiencias cercanas a la muerte, la reencarnación, la exopolítica, los misterios del cosmos. Sabía que el alma continúa y que la muerte es una transición. Tenía el mapa, pero no quiso caminar más por él.
No voy a juzgar a David ni a nadie que tome esa decisión, ojo. Nada más moralmente inútil. Aunque sí me pregunto por qué alguien que ha dedicado su vida entera a demostrar que la existencia tiene sentido, se encuentra un lunes por la mañana sin razones para continuar en ella. Y la respuesta que me doy, con todo el respeto que el tema merece, es que el sufrimiento toca teclas misteriosas que anulan el saber que habita en algún rincón de la conciencia. El dolor no debate con tu filosofía. La depresión no lee tus propios libros. Eso dice algo bastante significativo sobre la naturaleza de este plano.
Hay una frase que escuché en círculos de pensamiento holístico, sin autor confirmado, que presenta algo desconcertante: "el peor día de tu vida es el mejor día para tu alma". No es una proposición que llamaríamos consoladora. Es un reto, una invitación al siguiente porqué. Lo que plantea, en el fondo, es que el “yo” que sufre y el “Yo” que diseñó esa experiencia no son el mismo. Que hay una brecha enorme entre el ego que padece y el alma que observa. Esa brecha sería el espacio donde ocurre el crecimiento.
Es lo mismo que exponen, desde tradiciones muy distintas, el budismo tibetano, las cosmovisiones de los pueblos originarios y, más recientemente, la física cuántica de la conciencia. Max Planck, padre de la mecánica cuántica, llegó a declarar que la conciencia es la matriz de la que emerge la materia. La misma deducción proyectó el experimento de la doble rendija: la conciencia del observador modifica el comportamiento de la materia. Si eso es así, y cada vez hay más físicos que se atreven a tomárselo en serio, entonces lo que llamamos "la realidad" es, en parte, un campo de simulación creado por la conciencia. Un holograma que habitamos con reglas que, según investigadores como el Dr. Michael Newton, acordamos antes de entrar. Como relato en mi libro y mi taller “Lo de morirse” (inspirado en la frase que me dijo mi madre antes de morir, “Mireya, lo de morirse no es para tanto”, de ahí el título de esta columna), Newton documentó miles de casos bajo hipnosis regresiva en más de treinta años de práctica clínica, y la imagen que emerge de estas entrevistas donde los pacientes accedían a su propia “vida entre vidas”, es consistente: el alma elige sus desafíos con precisión arquitectónica. Elige el cuerpo, la familia, las circunstancias, las pruebas. Lo hace desde un estado de conciencia expandida en el que esas pruebas no se perciben como condenas, sino como oportunidades de aprendizaje que el alma, en su sabiduría no terrenal, considera superables.
Lo que se nos olvida en el momento de la crisis es que el alma que diseñó el plan tenía información a la que el “yo” encarnado no tiene acceso inmediato. Desde el otro lado se ve el panorama completo. Desde este no. El problema es que bajamos al juego, nos ponemos el traje de humano y el traje, con sus múltiples distracciones, pesa harto.
En mi libro planteo que la muerte no es el final que creemos y que los que se van no están, en realidad, muertos. Pero hay algo que abordaré tangencialmente en la próxima segunda edición y que el caso de Wilcock me invita a explorar ahora: la posibilidad de que el suicidio sea, desde la perspectiva del alma, una ruptura de contrato. Lo digo como hipótesis metafísica. Si el alma eligió esas cartas específicas para aprender algo específico, y el “yo” humano decide no jugarlas hasta el final, la pregunta es qué ocurre con las lecciones pendientes. Mi intuición, y la de muchos investigadores que respeto, es que el alma no las archiva. Las reorganiza. Las reprograma en un escenario futuro. Me reconforta sentir que no hay castigo en eso. Hay, quizás, una cierta perseverancia cósmica que no podemos frustrar, aunque queramos. Según leí, para el pueblo mapuche, el newen, la fuerza vital, no es un bien que se posee: es una corriente que se habita o se abandona. Para las tradiciones andinas, este mundo es un lugar de aprendizaje sagrado, no un accidente ni un castigo. Por tanto, el sufrimiento no es el enemigo; es el maestro con la más brutal pedagogía. Nosotros, los occidentales, hemos dedicado siglos a anestesiar ese sufrimiento antes de comprenderlo, y eso hace que no sepamos muy bien qué hacer con él cuando se niega a marcharse.
Wilcock lo sabía todo de manera teórica. Y, aun así, en el momento más oscuro, su yo humano no pudo conectar con ese otro Yo superior que sí tenía la ruta para salir del laberinto. Parece que el olvido no es un defecto del diseño de este plano; es el diseño mismo. La experiencia humana requiere inmersión total. Requiere que el dolor duela de verdad, que el amor estremezca de verdad, que la pérdida lastime de verdad. Un videojuego no desafía si puedes ver el código mientras juegas.
Y, sin embargo, en las grietas del olvido, a veces se cuela algo. Un atisbo de perspectiva. Una intuición de que esto es más grande de lo que parece a simple vista y avanza en un orden cuyo mecanismo se nos escapa sin estar del todo oculto.
Ante este y todos los suicidios, solo tengo la pregunta que, en mi experiencia, es la más fértil de todas:
¿Cómo hacemos para recordar que la vida en esta dimensión es eso, un juego que desde otro plano elegimos jugar, con todos sus obstáculos y niveles? No lo digo necesariamente por salvar a quienes decidan usar su sagrado libre albedrío para inmolarse, sino por nosotros, los que nos quedamos, para que aprovechemos al máximo cada día en este hermoso planeta, lo pasemos mejor y, eventualmente, sirvamos de inspiración halagüeña a quienes se crucen en nuestra ruta.
@mireyamachi
Cada año, más de 720.000 personas fallecen por suicidio, según la OMS, siendo esta la tercera causa de muerte entre personas de 15 a 29 años. Si estás atravesando una crisis, existe acompañamiento. En Chile: *4141. En España: 024 o bien, el Teléfono de la Esperanza: 717 00 37 17. En toda América Latina: 988 (https://988lifeline.org/es/)


