HISPANOAMÉRICA POSIBLE

Escrito el 01/01/2026
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Llegué a Chile en 2013 con orgullosos aires europeos que pronto acá me aterrizaron con soberana delicadeza. No era, la mía, una soberbia tan explícita, pues me sentía sinceramente agradecida de ser recibida en país extranjero sin demasiadas resistencias. Sin embargo, en la medida en que Chile me fue conquistando a mí y me fui involucrando con su gente, conociendo su historia, disfrutando su arte y asombrándome con su talento, mi ego ibérico se fue encogiendo velozmente. Este proceso llegó al clímax en un encuentro de sabios indígenas donde me quedó meridianamente claro que la llegada de los españoles medievales al continente, siendo quizá inevitable, sí fue devastadora para la conexión con la naturaleza y el cosmos que disfrutaban los nativos. Ante la abrumadora profundidad de los mensajes de las autoridades de cada pueblo originario, acabé por quebrarme, literalmente. Varios amigos fueron testigos de mi desolación. Finalmente, escribí algunos poemas donde traté de disculparme por esa parte de ultraje que mis ancestros cometieron con los americanos. Precisamente han sido mis poemas más sentidos y, quizá por ello, los más premiados (léase “Tengo algo que decir”, “Me enamoraste, Rancagua”, o “Saben las calles”, de mi antología “En otra línea de tiempo”).

Trece años en Chile no han cambiado mi pena con el distanciamiento del pueblo chileno occidentalizado respecto a los saberes ancestrales, pero sí han aliviado un poco mi culpa y han expandido la perspectiva desde la que quiero plantarme hoy. Ha sido un tiempo empeñoso de observación y análisis para llegar a este punto que, ya lo asumo, puede levantar ampollas. Anticipo, además, que hablo de Hispanoamérica cuando excluyo a Brasil, entre otras colonias europeas, por motivos históricos, y que hablo de Iberoamérica, intencionadamente, cuando la incluyo, por motivos más culturales. Porque nos une con Portugal, y por extensión con Brasil, mucho más de lo que nos separa, incluyendo una península y una lengua que no deja de ser prima hermana del gallego.

Entre otras cosas, pensé que conquistar continentes ultramar en plena Edad Media no debió ser una aventura de medio pelo, menos aún cuando España apenas se estaba recomponiendo como una entidad nueva después de ocho siglos de dominio musulmán. No obstante, se reconquistó a sí misma en paralelo a la conquista del nuevo mundo. Es decir, España empezó a dibujarse como tal simultáneamente en ambos lados del Atlántico, piensen lo significativo de esto. Y los indicios hablan claro: a pesar de los excesos localizados que nadie niega, no era política de la Corona llevar a cabo un genocidio expoliador como el que sí perpetró el imperio británico con entusiasmo y método. España prefirió expandir su territorio creando provincias, capitanías y virreinatos donde los habitantes — indígenas o no— eran súbditos iguales del Reino, como cualquier vecino de la Iberia, rigiéndose todos por los mismos derechos y deberes. La mezcla entre culturas mediante casamiento era habitual, y el acceso a hospitales, colegios, universidades e iglesias resultaba igualitario en las miles de ciudades que los españoles fueron articulando en estas tierras. Es verdad que trajeron enfermedades incubadas en sus cuerpos que mermaron la población indígena, pero no lo hicieron adrede, como sí ocurrió con los británicos al repartir mantas infectadas entre los indios norteamericanos, cuando no los masacraban directamente a balazos. Otro dato interesante es que la lengua náhuatl no tuvo normativa sistematizada hasta que los frailes españoles se dieron ese trabajo para aprenderla y comunicarse mejor. Algo similar pasó con el quechua: todo profesional debía salir de las universidades peruanas dominando el idioma nativo, pues se respetó que los indios lo mantuvieran, pero había que entenderse con ellos. De acuerdo, era para gobernarlos y evangelizarlos, no seamos ingenuos, pero el hacerlo en su propia lengua acabó incentivando el sincretismo que hasta hoy persiste. Fíjense en este dato revelador: el hecho de que en países como Perú, Bolivia o México haya todavía hoy entre un 20 y un 62% de indígenas, cuenta que no fueron tan diezmados por los españoles como la propaganda insiste en pregonarlo. Y desde luego, nada comparable con lo que sucedió en Estados Unidos, donde los indígenas representan hoy un escuálido 1 a 3%, según zonas y que alrededor de 1 millón todavía vive en reservas. Han leído bien: hoy en día hay reservas de indios en ese país de la riqueza y las oportunidades.

Tomemos nota solo de este dato respaldado por documentos históricos: fue política de estado de la monarquía hispánica respetar los territorios de los indígenas. La base legal está en las Ordenanzas del virrey Francisco de Toledo (1570–1581), reforzadas luego por la Recopilación de las Leyes de Indias (1680). En virtud de dichas órdenes, las tierras de los indios fueron declaradas propiedad colectiva de las comunidades nativas: inalienables, no vendibles, no embargables y no transferibles a españoles. El indígena no era “ocupante”, era propietario protegido por ley real. Por tanto, parece bastante evidente que los 300 años que mantuvieron enfrentados a los imperios británico y español no concluyeron en La Habana o Trafalgar. La guerra de propaganda —de la que los anglos son expertos consumados— engordó una leyenda negra de panfletos, crónicas sesgadas y relatos exagerados que alimentaron el odio a los españoles, haciendo imposible una reunificación siquiera económica para beneficio del continente iberoamericano y en defensa contra los verdaderos parásitos que fueron los ingleses. Admitámoslo: hoy en día ya no sirve a nuestros intereses seguir alimentando este enfrentamiento fratricida, ni contra España ni entre los países vecinos. Esto solo sirve, y mucho, al gobierno anglosajón, que teme nuestra emancipación de sus políticas globalistas manejadas por sociedades secretas que, en cierto modo, también secuestran y someten a su propia gente, no es contra ella mi relato.

Ahora veamos el potencial de superar esas disputas implantadas entre nosotros: son 21 los países que tienen el español como lengua oficial —Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guinea Ecuatorial, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, España, Uruguay, Venezuela, además de Puerto Rico—. Y para curiosidad karmática, Estados Unidos no tiene el español como lengua oficial, pero es el segundo país con más hispanohablantes del mundo después de México. El español es la segunda lengua materna más hablada del planeta, solo detrás del chino mandarín. Más de 500 millones de personas hablan español en el mundo. Déjenme repetirlo: quinientos millones que, por cierto, nos amamos demasiado poco en la maravillosa lengua de Cervantes. Yo misma pude salir de una España en problemas y prosperar en Chile gracias al castellano, en un emprendimiento relacionado precisamente con el idioma que compartimos. Y si estos intercambios culturales y económicos se fortalecieran entre esos 21 países, ¿les cabe alguna duda de que ni Rusia ni China serían hoy la potencia a temer por el imperio inglés? Lo triste, lo verdaderamente desolador, es que a nosotros nos vencieron hace décadas con pura guerra psicológica. Pero háganse esta pregunta: ¿Y si tuviéramos el coraje de sanar la autoestima hispana y ocupar nuestro legítimo lugar en la historia? ¿O es que acaso preferimos seguir creyéndonos descalabrados porque, o bien somos descendientes de aquellos españoles criminales-holgazanes-ladrones, o bien somos sus víctimas eternas? ¿De verdad nos parece inteligente pegarnos semejante tiro en el pie manteniendo entre hermanos tales reyertas que, además, carecen de fundamento?

Que alguien tenía que llegar desde Europa era solo cuestión de tiempo —pero pregunten a los Lakota o los Navajo qué visitantes hubieran preferido recibir—; que había dos imperios disputándose el poderío de tales campañas es otro hecho; que, ante su propia barbarie, los ingleses no quisieran quedar retratados en la historia como los únicos genocidas en estas hazañas, es una obviedad; y que tuvieran un plan B para destruir lo conseguido por España en América e impedir su estabilidad como superpotencia, lo vemos desde la Independencia hasta hoy. ¿Qué pasó en el siglo XIX con las guerras de Independencia? Muchos lo desconocen, pero los grandes próceres libertadores fueron entrenados y dirigidos por operativos masones británicos. Y no deja de ser llamativo que, al romperse el vínculo jurídico con la Corona, se derogaron las Leyes de Indias y se impuso el derecho liberal republicano. ¿Resultado? La tierra pasa a ser propiedad individual, vendible, embargable y sujeta al mercado. Las tierras comunales indígenas pierden su protección legal histórica, por lo que en muchos países se disolvieron comunidades, se forzó la venta, se expropió “legalmente” y se concentró la tierra en haciendas y latifundios. Es decir que, paradójicamente, los despojos masivos ocurrieron después de la independencia, no antes. Ciertamente, Hispanoamérica se independizó de España, ¿pero a qué precio?

Como dijo alguien nada sospechoso de nacionalismo español, «España es una de las grandes aventuras del espíritu». Borges reconoce con esa frase la profundidad cultural hispánica que, no me cabe duda, debiéramos recuperar como motor invencible de prosperidad. ¿Qué opinan? ¿Hacemos las paces en 2026?


@mireyamachi


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