Nueva columna de opinión de Mireya Machí en MySix.cl
No voy a hablar de teorías de género ni de la historia del feminismo o del patriarcado, voy a hablar sólo de mi experiencia usando el sentido común que heredé y desarrollé desde que una relación violenta en el año 2000 me empujó a investigar el fenómeno del maltrato de pareja. La pregunta que titula este texto tampoco la voy a responder yo. Espero que lo hagan ustedes cuando terminen de leerlo.
Para empezar, les voy a contar mi hipótesis sobre por qué el machismo no es el problema en la violencia de pareja, cómo terminaría el machismo según esta teoría y cuál sería la consecuencia lógica de esto.
Si bien es la otra cara de la moneda en la violencia de género (contra la mujer por el mero hecho de ser mujer), el machismo, en el tema de la violencia de pareja y la violencia intrafamiliar (sin distinción de género ni rol), tiene poco que decir. Y esto se podría comparar con el alcoholismo: los estudios demuestran que la mitad de maltratadores son alcohólicos y la otra mitad no lo son. Lo mismo sucedería con el machismo, que una parte de agresores son machistas, pero no todos maltratan movidos exclusivamente por esa distorsión. Y para distinguirlos bastaría con preguntarse por el móvil de la agresión: si son los celos, no es machismo, porque también por celos agreden las mujeres y, obviamente, no se puede atribuir la agresión celosa de ellas a una suerte de "hembrismo". Lo mismo con los gay de ambos géneros que se agreden por celos. No puede ser que mujeres y gay entren en una categoría y hombres en otra, si el móvil común son los celos.
Por eso, desde mi perspectiva, la clave del maltrato de pareja es el individuo (hombre o mujer) y los fantasmas que habitan su mente, generalmente alimentados por un combustible llamado "celos agresivos", entendiendo éstos como una suma de inseguridad afectiva traumática e impulso castigador.
“El machismo no es, pues, el problema; es sólo el ambiente donde el verdadero problema se encuentra cómodo”, asevero en mis libros y conferencias. Y me explico: Existe una famosa investigación que nos da una pista clarísima sobre esto. Fue una estadística internacional realizada por el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia que reveló algo sorprendente: los países más desarrollados, igualitarios y liberales de Europa, los del norte, tenían un índice de femicidios por millón de mujeres más alto que los países próximos al Mediterráneo, considerados más machistas. Finlandia, por ejemplo, que desde 1984 llevaba aplicando estrictas políticas de igualdad, tenía una tasa de femicidios que en 2006 duplicaba la de España. ¿Se imaginan por qué?
Esta es mi hipótesis: las políticas de igualdad se centran en el empoderamiento personal de la mujer, su liberación cultural, su medro social y su ascenso laboral, pero no se orientan en abordar los celos de los hombres. ¿Resultado? Mujer liberada x Compañero celoso sin tratamiento = Explosión de femicidios. Deducción: que paralelamente a las políticas de igualdad habría de implementarse programas terapéuticos para toda la población celosa.
Este ejemplo permite entender que el verdadero motor que alimenta la violencia en las relaciones de pareja parece más patológico que el machismo o la cultura patriarcal. ¿Nos pasó desapercibido algo tan obvio o quizá alguien gana con sostener esto?
El machismo es sólo un contexto que el celoso construye inconscientemente para mantener sus celos a raya. Sin ese contexto, sus celos estallan con más agresividad y frecuencia. Piensen esto: la dedicación, desde tiempos remotos, de la mujer al hogar y del hombre a la política favoreció que fuera el varón celoso quien tuviera poder para institucionalizar el sometimiento de la mujer con leyes machistas. Esto hizo que, finalmente, se entendiera el machismo como la causa; y el sometimiento de la mujer, como el efecto, olvidando que el germen de esta discriminación venía de una enquistada inseguridad afectiva presente en todos (hombres y mujeres), pero que a través de los hombres se proyectaba, en forma de machismo, en las estructuras institucionales y sociales. Por culpa de ese olvido, hoy en día se trabaja en eliminar leyes y criterios machistas sin combatir a la vez los celos e inseguridades que los originaron. De este modo, el trastorno se ve provocado y estalla. O sea, el celoso no deja de ser celoso tras eliminar el machismo, pero sí encuentra más justificadas sus paranoias y cede más fácilmente al impulso de castigarlas. De ahí que no se reduzcan los femicidios en los países donde más se trabaja por la igualdad.
Los celos (o las inseguridades traumáticas) son, pues, el motor. Si apagásemos ese motor y los hombres, como también las mujeres, recuperasen su seguridad afectiva, el machismo se disolvería por innecesario, ya que es un simple escenario protector para hombres celosos, miedosos e inseguros. Ahora bien, primero quitemos el miedo y después el escenario, porque si lo hacemos al revés, el celoso estallará por pánico.
Bajo esta lógica, si la agresión se produce por celos, no es el machismo el inductor y, por tanto, ambos géneros debieran recibir un trato penal igualitario. Tengamos cuidado con la discriminación encubierta tras ese mensaje de que “la mayor debilidad biológica de la mujer la hace más inocente” pues su intención o motivación puede ser la misma y hay muchas formas de hacer daño sin usar fuerza física ni mancharse las manos de sangre.
El feminismo histórico que levantó la balanza de la dignidad femenina al nivel en que se consideraba socialmente la masculina, gracias a sus frutos, debiera premiarse con una orientación más igualitaria de su quehacer, alentando, por ejemplo, actividades mixtas que ejemplifiquen y potencien los avances ya logrados. Salvando las iniciativas de índole terapéutico, podemos dejar de disgregarnos en agrupaciones, eventos y proyectos socioculturales “sólo de mujeres”, e integrar al hombre en ellos para que asimilemos al mismo tiempo esta nueva realidad CONCILIADA de la que todos debemos hacernos cargo.
Meditemos, en primer lugar, si tras lograr sociedades más comprometidas con la igualdad de derechos, no debiéramos dar paso a una era en que sostengamos mensajes unificados de rechazo a la violencia, cualquiera que sea su ejecutor, hombre, mujer, familia, empresa, iglesia o estado. Una era donde no sean necesarias leyes discriminatorias por género, desde un estado acostumbrado a robarnos nuestro poder, sino que todos, en función de nuestro potencial y talento, tengamos las facilidades de acceso a cualquier actividad donde seamos competentes y nos sintamos plenos, asumiendo además las responsabilidades éticas vinculadas a las relaciones sociales y personales, con independencia de nuestro género.
Pero hay otro contundente motivo de conciliación. Ya se sabe que psicológica y energéticamente todos tenemos un lado femenino y un lado masculino, de modo que no es la mujer la que ha sido desplazada de ocupar su lugar en la historia de los últimos milenios, ha sido LO FEMENINO en ambos géneros. Si acogemos, entonces, los lados femenino y masculino de todas las personas con nuestras diferencias, seremos más capaces de lograr cualquier meta por nuestro bienestar colectivo.
En cuanto a eso de vivir en modo “lucha”, pienso que muchos “ismos” nacieron de la constatación de que había una fuerza subyugadora superior que nos requería más unidos y organizados para combatirla. Y está bien. De repente existe un detonante real. Pero ¿y si como fruto de los avances logrados por las luchas del pasado, el enemigo se diluye y sólo quedan expresiones aisladas de su opresión, como coletazos de un pez moribundo? En el tema que nos ocupa, ese pez agonizante serían instituciones, empresas, personas o grupúsculos que aún mantienen costumbres discriminatorias. Entonces, ¿no sería más inteligente un ataque o corrección quirúrgica de ese foco resistente, antes que mantener a toda la población mundial en constante alerta y estrés? A esa evolución me sumo y rechazo, para mí, vivir en estado de lucha permanente. Prefiero la “disidencia” (distanciamiento por disconformidad respecto a determinada doctrina). Elijo una positiva y deportiva DISIDENCIA, con la plena confianza de que yo tengo el poder sobre mis oportunidades y logros. Eso me da más paz interior, más salud mental y más control sobre mi destino.
Desde ahí, ¿cómo entiendo el feminismo?
Para mí el feminismo es un arma de destrucción del machismo a través de la lucha. Fue útil, sirvió, tuvo efecto, sobre todo en acciones orientadas a objetivos concretos y prácticos. Además de reducir drásticamente la tolerancia social al machismo y de sensibilizar a hombres y mujeres en esta causa, ha dado espacios de catarsis muy sanadores. Y gracias a su acción, hoy en día solo vemos reductos aislados de machismo. Por tanto, pregunto: ¿es positivo y necesario seguir disparando esta arma indiscriminadamente contra todos los hombres? Como dije, para la acción social encuentro más inteligente atacar sólo los focos tóxicos en lugar de esparcir el arma sobre toda la población. Y quien se sienta llamada a participar de esa guerra de precisión, que se entrene como una élite de combate y que acuda a la batalla para seguir destruyendo búnqueres machistas. Todo está bien si ellas se sienten bien viviendo en ese modo. Pero quien no se sienta llamada a ir a la guerra, que la dejen tranquila invocando la igualdad desde su naturaleza creadora y construyendo, mano a mano con el hombre, los espacios de respeto, libertad y amor que estamos llamados a compartir, no como géneros, sino como seres humanos. Y eso también está bien.
Responde tú ahora. ¿El fin del patriarcado debe ser el fin del feminismo? ¿Habrá llegado ya la era de abrazar simplemente lo humano? Si por fin descubrimos que estamos hechos de la misma sustancia, ¿quién nos separará de nuestro origen común? ¿quién será tan primitivo?
Comparte tu opinión en comentarios, me encantará leerla.
Algunos de estos argumentos se encuentran en mi libro “Amar bien”, Imbuk Ediciones, 5ª Edición.
https://amarbien.jimdofree.com
@mireyamachi