EL ENEMIGO QUE NUNCA FUE

Escrito el 02/04/2026
Mysix Radio


Columna de opinión de Mireya Machí en MySix.cl

Una amiga, inteligente y lúcida, me confesó hace poco que, si apareciera en su vida el hombre perfecto —divertido, artista, próspero, cocinero, buen escuchador, hábil en la cama, sin traumas, seguro de sí mismo, sensible, con su energía masculina saneada, inteligente, romántico, detallista, nada celoso y que la tratara como una reina— lo rechazaría si descubriera que simpatiza políticamente con Trump. Que algo así era más imperdonable que una infidelidad.

Me quedé mirándola un momento y pensé: definitivamente, hemos perdido la cabeza.

No es una opinión aislada ni un exabrupto chacotero después de unas copas. Lo he escuchado en distintas versiones, con distintos nombres propios en el lugar del presidente americano (Milei, Chávez, Kast, Castro, Abascal, Sánchez, Marx, Boric, Putin, etc.), y de boca de personas que en otros contextos demuestran una capacidad de matiz admirable. Algo las ha llevado a colocar una categoría política por encima de cualquier valor humano que pueda ofrecerles una relación. Una opción ideológica —un voto, una simpatía, un like— pesa más que el amor, la inteligencia, el humor, la generosidad o la complicidad real con otro ser humano. ¿Cuándo exactamente decidimos que eso tenía sentido hasta el punto, incluso, de presumir de esa determinación como si fuera sensata?

Hay una maniobra tan antigua como eficaz que consiste en señalarte a alguien y decirte: ese es tu problema. No el sistema que los oprime a los dos. No la narrativa que los enfrenta. Ese de ahí, que vota distinto, que simpatiza con quien tú desprecias. Ya lo dije en otra columna: Divide y vencerás, esa máxima que practicó Julio César con las tribus galas y que la refinaron los imperios coloniales, hoy la ejecutan nuestros gobiernos con una limpieza quirúrgica que hubiera dejado boquiabierto al mismísimo emperador. Ya no hacen falta legiones, ni armas, ni derramar sangre. Basta el algoritmo adecuado, el titular preciso y el evento oportuno. Y lo más elegante es que la víctima no solo no sospecha que lo es, sino que defiende su trinchera como si la hubiera excavado ella misma, libremente, con sus propias manos.

¿Quién gana cuando rechazamos a alguien extraordinario —o rompemos con un amigo de varios años— por una diferencia ideológica? ¿Ganamos nosotros? ¿Gana alguna causa? ¿O gana exactamente quienes diseñaron esa fractura, que ahora nos contemplan desde su atalaya, satisfechos de vernos pelear mientras ellos siguen dirigiendo tras bambalinas este teatro de buenos y malos?

Hay algo que ningún sistema de control puede fabricar: la complicidad insobornable de dos personas que se conocen profundamente. Esa que se acumula en años de conversaciones surrealistas, de peleas superadas, de jaranas interminables, de proyectos inverosímiles, de hazañas compartidas, de carcajadas hasta las lágrimas, de confesiones atesoradas. Cuando sabes quién es alguien en las duras y en las maduras, la etiqueta no le cabe. El ismo se le queda pequeño. Y tal vez por eso resulte
tan urgente, para ciertos intereses, que no lleguemos a conocernos tan bien. Que nos quedemos en la superficie de la identidad política, donde todo el mundo es reducible a una categoría y toda categoría es potencialmente amenazante.

Vivimos en la era de la conexión permanente y la soledad estructural. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y tan pocas conversaciones que nos movieran el piso. Nunca habíamos sabido tanto sobre la opinión de nuestros conocidos y tan poco sobre sus anhelos, su capacidad creativa, su mundo interior. La tecnología prometió acercarnos y lo que ha hecho, con una eficiencia admirable, es sustituir el vínculo por la interacción efímera, el afecto por el engagement, la amistad por la audiencia. Y en ese ecosistema, la ideología se convierte en identidad, la identidad en frontera y la frontera en muro infranqueable. Un muro que levantamos nosotros, con nuestros propios dedos, escroleando pantallas.

¿Te has preguntado si estas divisiones que hoy nos parecen tan naturales, tan propias, tan irrenunciables, tienen algo de orgánico? ¿Surgieron de nuestras necesidades reales, de nuestras experiencias vitales, de miradas profundas a personas que amamos? ¿O llegaron empaquetadas desde algún lugar desconocido, con una narrativa ya lista, con sus enemigos ya asignados y sus héroes ya elegidos?

Si tienes más o menos mi edad, recordarás esa infancia donde el hijo del alcalde y el del obrero jugaban a la pelota en la misma cancha callejera. La niña de misa y la de la familia atea se peleaban y se reconciliaban en el mismo recreo. Nadie preguntaba la ideología de nadie porque nadie tenía una todavía, y sin embargo nos entendíamos con una sofisticación emocional que muchos adultos hoy serían incapaces de replicar. ¿Qué nos pasó exactamente? ¿En qué momento cambiamos esa inteligencia relacional espontánea por un manual de identidad política que nos dice con quién podemos sentarnos a la mesa?

Mientras tanto, lo verdaderamente humano se desmorona. La inteligencia artificial escribe nuestros mensajes de amor. Los algoritmos deciden qué nos indigna cada mañana. Las ideologías —esas construcciones abstractas fabricadas en laboratorios sociales— nos dictan a quién podemos desear, con quién podemos intimar y a quién debemos objetar. Y nosotros, en lugar de cuestionarnos eso con la perplejidad que merece semejante abducción, rechazamos al hombre perfecto porque, eventualmente, ejerció su derecho a elegir y a equivocarse.

Me pregunto qué pensaría de todo esto un extraterrestre de una civilización más avanzada. Alguien que nos mirara con la perspectiva con que nosotros miraríamos a una tribu que sacrifica sus mejores animales para apaciguar a un dios que no conocen. ¿Vería seres humanos ejerciendo su libertad? ¿O vería piezas moviéndose en un tablero que no saben que existe, ajenas al control de los jugadores, convencidas de que cada movimiento fue genuinamente suyo?

Y entonces pienso en mi amiga, creyéndose consistente, admirable y valiente rechazando a un hipotético compañero repleto de bondades. Cada vez que alguien
descarta a otro ser humano por su etiqueta ideológica, no ejerce una convicción: solo engrosa los barrotes de la jaula. Refuerza exactamente la arquitectura que necesitan quienes temen, por encima de cualquier cosa, que los humanos se amen. Porque saben que el poder que se despierta entre personas que se aman de verdad, los hace soberanos, fuertes, lúcidos y creadores. Curiosamente, ese poder lo conoce cualquier niño antes de enredarse en los miedos del adulto: el niño que sabe, como el Principito, que lo esencial es invisible a los ojos y a las ideologías. ¿Y qué es lo esencial? Todo aquello que no se puede optimizar, monetizar ni controlar. Todo aquello que nos hace, como diría el poeta Blas de Otero, fieramente humanos.


@mireyamachi